Ese día nos llevaron a una casa tipo plantación a la que llamaban Gamaliel o Austin House por estar localizada en la calle Austin.
Tiene un pórtico con grandes columnas a la entrada y su construcción data posiblemente de los años 30’s aunque su arquitectura nos recuerda las grandes mansiones sureñas de las grandes plantaciones. Otras casas con arquitectura similar se alzan en este lugar, un barrio distinguido de los años 30’s y 40’s de Houston sin lugar a dudas.
Nos sentaron en lo que parecía el comedor y allí nos dieron unas formas para llenarlas.
Yo escribí al contestar mi ocupación: Arquitecto y Artista.
La dama que nos había hecho la invitación para inscribirnos, se acerco a mí y leyendo mis datos me dijo: “¡Que bonita letra tienes!”
Esa noche me asignaron a una casa localizada en el Distrito de Montrose, conocido en Houston por sus restaurantes, galerías y estudios de artistas pero también por la gran comunidad gay que habita en ese lugar.
Esa casa a la que llaman Bethany o simplemente Fairview, por estar localizada en esa calle, estaba habitada por personas deshabilitadas con problemas mentales o psiquiátricos y era atendido por un matrimonio con el síndrome de Down.
Al día siguiente la casa quedo materialmente vacía ya que sus residentes fueron llevados a la casa principal que era Gamaliel en donde tenían actividades que les ayudaba a realizar pequeñas labores como atender los teléfonos, limpiar los cuartos, ayudar en el jardín y asistir a diversas actividades que a diario se realizaban en ese lugar, como platicas, bingo, clases de relajación y arte y por supuesto la misa en la capilla.
Aprovechando el hecho de estar casi solo, me dispuse a limpiar la casa cuarto por cuarto y seguí con el reacomodo de muebles y camas siguiendo un criterio más funcional que mi educación de arquitecto me permitía avizorar. Esto lo hice toda la semana y al final de ella pude escuchar a la encargada de la casa hablar por teléfono con voz asustada diciendo: “Este señor no pertenece a esta casa”.
Al día siguiente fui movido a la casa mansión en donde había llenado mi aplicación.
Las recamaras eran muy amplias aunque por supuesto los baños no estaba diseñados para servir a tanta gente.
En esos días me enviaron con el Dr. Lu que era el psiquiatra oficial y el cual tenía una pequeña oficina en otra de las casas a la que llaman Maranatha y a la cual iba periódicamente como voluntario.
Reviso mi expediente y con una sonrisa, me hizo las preguntas que posiblemente solía hacer a los que le eran enviados por primera vez. “¿Cómo te llamas?” “¿Sabes que fecha es hoy?” “¿Quien es el presidente de los Estados Unidos?” Luego me pregunto sobre algunos eventos particulares sucedidos en esas fechas.
Cuando se dio cuenta de que mi problema no era mental, me envió de regreso a la casa.
Ese día, la dama que había hablado conmigo en mi arribo, me hablo por teléfono y me pregunto acerca de que trabajo me gustaría realizar para colaborar con ellos.
“Me gustaría ayudar en la limpieza y servir en el comedor donde había sabido de esta organización”, le dije.
Así empezó mi trabajo en Magníficat.
El comedor está localizado en el área Este del centro de Houston, actualmente a dos cuadras del moderno edificio de beisbol Casa de los Astros de Houston.
El nombre oficial de este lugar es el de Panes y Peces y al cual acuden de 200 a 300 personas diariamente a comer.
El área del centro es el área preferida por esta gente para vivir. Esta cerca de los dormitorios y refugios públicos de organizaciones religiosas y los parques y puentes son sus preferidos para dormir en verano.
Ver las grandes líneas formadas por este tipo de personas, me conmociono pues nunca pensé que en un país tan rico y poderoso como los Estados Unidos, se vieran estas escenas.
Parecían caricaturas humanas, desgarbadas y sucias, sin predominancia en sus edades y en sus rostros se miraba la demencia o sus adicciones y vida sin valores.
La mayoría cargaba sus pertenencias en bolsas o sacos sin embargo, como señalé antes, no era la pobreza material o la falta de comida la que los agobiaba, sino el alcohol y las drogas los que los había llevado a ese extremo.
El amor parecía estar totalmente ausente de sus vidas y viendo aquellas líneas, mi mente empezaba a trabajar en temas para mis pinturas.
El tiempo avanzaba rápido para mí, a la semana ya era yo quien manejaba el grupo de limpieza.
Había estado realizando algunos dibujos con algunas ideas que brotaron en mi mente cuando de pronto me di cuenta que los treinta días estaban por terminar.
Busque al encargado de servicio de cocinas y alimentos que estaba por encima del cocinero y le envié el aviso a la directora solicitándole el boleto prometido.
Al día siguiente me hablo la misma dama la cual supe después que además de ser la directora, era la fundadora de esa organización y me dijo que había sabido que yo era artista y que le gustaría que me quedara algún tiempo con ellos, yo le conteste que mis planes estaban en ir a Nueva Orleans donde pensaba buscar trabajo y quedarme a vivir un tiempo para convivir con otros artistas y aprender de ellos.
Le comente que había decidido quedarme este tiempo con ellos, no porque no hubiera tenido el dinero para mi pasaje, sino porque había sentido la necesidad de ayudarles y servir de esta manera a Jesús al que tanto tiempo había ignorado. Desafortunadamente, había descompletado el costo de mi boleto en este tiempo, de otra manera ni siquiera hubiera hecho el intento de avisarle de la proximidad de mi viaje y solicitarle la ayuda prometida para obtener mi boleto.
“Tu boleto no es problema”, me contesto, “pero lo que en verdad quisiera es que te quedaras con nosotros al menos por un año”.
Respondiéndole le dije: “la única manera que me quedaría, sería como artista y para eso necesito mi estudio y materiales para trabajar”.
“Claro”, me respondió, “¿porque no visitas las casas y buscas un lugar para instalar tu estudio?”, “yo te voy a dar además una pequeña cantidad de dinero para comprar cosas que nosotros no te podemos proveer”.
“Ya vi varios lugares”, le respondí, “y me gusto el pequeño cuarto que esta en el ático”. “Parece ser un pequeño departamento con buena iluminación hacia el norte”, “tiene además un baño completo aunque actualmente está lleno de libros y otras cosas, creo que además necesita algo de pintura en las paredes”.
Me pregunto si fumaba, a lo que le conteste que no, si había estado recibiendo los cigarrillos que me daban era para intercambiarlos por otras cosas, como refrescos, dulces, etc,.
“Está bien”, me respondió, “pero ahora con el dinero que te dé, tú podrás comprar lo que te guste”. “La razón por lo que te pregunte si fumabas es porque el ático no está acondicionado para ser habitado”.
Y así fui como inicie mi vida con el título de artista residente en Magníficat.
No renuncie de inmediato a mi trabajo, por lo que mis primeros días de artista fueron trabajando en el acondicionamiento del estudio cuando salía de mi trabajo del comedor.
La tarea no fue fácil. Los que se encargaban de abrirme el ático y proveerme de herramienta y materiales, se esmeraban por hacerlo más difícil y a decir verdad, no creo que esta actitud haya cambiado con quienes ahora desempeñan esos cargos.
El tiempo no parecía contar mucho en Magníficat, todos los proyectos se llevaban a cabo con una pasmosa lentitud ocasionada por los múltiples cambios de rostros y las prioridades por otros trabajos que sucedían cada día, esto lo pude confirmar tiempo después cuando fui el encargado de mantenimiento.
Finalmente pude terminar de acondicionar mi estudio y empecé a refugiarme en él para lograr unos pequeños momentos de privacidad, pues la vida en comunidad era aun demasiado nueva para mí.
Pude terminar los dibujos que había estado ideando para realizar 2 murales en las paredes del comedor que eran propias para este proyecto.
Le presente mis dibujos a la directora y esta accedió con gusto pidiéndome una lista de los materiales que fuera a utilizar.
Después de un tiempo bastante prudencial, me abastecieron de los materiales más esenciales.
Le pedí me permitiera dejar mi trabajo en el comedor para dedicarme totalmente a éste nuevo proyecto, bueno, en Magníficat, dedicarse a un solo proyecto es casi imposible ya que siempre hay algunas otras cosas más por hacer.
No sé cuánto tiempo me llevo realizar este trabajo, pero fueron varios meses, debido más que todo a las grandes inconveniencias a las que tuve que enfrentarme, tales como el transporte a ese lugar en ciertos días, el abastecimiento de nuevos materiales y otras actividades que tuve que realizar como parte de mi vida comunitaria en esta organización que debo agregar, las disfrutaba mucho. Parte de estas actividades eran misas, clases de arte, reuniones y comidas, etc, etc.
La primera bella experiencia espiritual que tuve en magníficat sucedió cierto domingo en que trabajando en el comedor haciendo la limpieza y sirviendo mesas, nos avisaron que el sacerdote que oficiaba la misa no asistiría ese día.
No queriendo perder la misa del domingo, me dirigí a la secretaria de Casa Fátima y ella me proporciono el horario de misas de la Iglesia de Guadalupe cercana a ese lugar.
Pedí permiso al cocinero para poder asistir a la del mediodía y me advirtieron que cuando regresara, tal vez no encontraría nada que comer y que posiblemente tuviera que regresar a la casa por mis propios medios si la camioneta que recogía a el grupo que trabajaba en la cocina venia temprano además de que tampoco encontraría comida en la casa pues la hora de servir habría pasado.
Considerando todos esos riesgos, me decidí por ir a misa, sabedor de que no traía dinero en mi bolsillo para ninguno de esos gastos.
Terminada la misa, volví mis pasos al comedor para tomar el mismo camino, en el que tenía que hacer un rodeo para evitar un túnel que existe y que sirve para evitar el paso del tren por esa calle a los vehículos que transitan pero que no tenia un acceso para los peatones.
Al llegar al crucero para desviarme, una pequeña camioneta de las llamadas “station wagon o Guayin” salió del paso a desnivel en el sentido contrario al que yo me dirigía.
Al verme el conductor, freno y se orillo a la orilla de la banqueta en que yo estaba.
De ella salió una pequeña niña de 12 o 13 años de edad y enseñándome una bolsa en sus manos me dijo: “acabamos de estar en un McDonal’s pero mis hermanitas ya no quisieron esta hamburguesa con papas y refresco”. “¿Quisiera usted aceptarlas?”
Yo estaba hambriento y lo único que le respondí fue “por supuesto y ¡muchas gracias!”
Note que ella juntaba sus manos como en oración y yo dirigí mi vista al vehículo para agradecer a sus padres por aquel regalo, ellos me saludaron con sus manos y ví los rostros sonrientes de sus otras 2 hermanitas más pequeñas mirando a través de la ventanilla. Hasta mucho tiempo después, note la presencia de ángeles en ellos.
Cuando llegue al comedor, mis compañeros aun esperaban por el transporte para regresar, que ese día había llegado tarde.
Otra hermosa experiencia fue que cada vez que cada vez que yo necesitaba ropa o alguna otra cosa, siempre encontraba lo que necesitaba, al recorrer el camino a mi estudio, teniendo que pasar por el ático, que en ese tiempo, era el vestidor de magníficat y también donde ellos guardaban muchos objetos de donaciones que aun no revisaban o habían dado uso, lo que más me sorprendía era que la ropa que yo encontraba, era no solamente de mi medida sin además del color y estilo que yo había pensado y los objetos para algún propósito en particular que tenía en mente, siempre superaban las expectativas que yo esperaba al encontrarlos.
Estos pequeños milagros que diariamente se daban en mi vida, se fueron haciendo normales para mí, como si alguien me estuviera suministrando en mis necesidades.
Aun no había encontrado a Jesús, pero él, ya empezaba a manifestarse en mi vida mediante sus ángeles. que nunca reconocí hasta muchos años después escribiendo mi libro ¡Yo, Miguel!.
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